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autoconocimiento

“Me conozco, luego Existo …”

Publicado el 29/03/2017 POR José Sánchez Labella

¿Te has planteado alguna vez esta pregunta?

¿Conoces tus fortalezas, oportunidades, debilidades (áreas de mejora) y amenazas ante cualquier cambio?

Hacerse un DAFO personal cada cierto tiempo es básico para poder contestar a esas preguntas. Las “D” y la “F” son internas, y por tanto dependen de nosotros, de nuestro propio “autoconomiento”.

Por su parte la “A” y la “O” son externas, no responden a nuestra capacidad de acción y decisión inmediata. Su análisis y previsión nos pondrá en mejor situación de afrontar los posibles obstáculos que se nos vayan presentando.

Sea como fuere, esta visión interior, es necesaria para iniciar cualquier proceso de cambio que emprendamos. El primer paso es tomar conciencia de cuál es nuestra situación de partida.

Para ello deberemos evaluar aquellas creencias que están instaladas en nosotros y que, probablemente, llevamos tiempo sin ni siquiera chequear su validez presente y futura. La cuestión es que éstas “verdades” absolutas nos pueden limitar e impedir resultados distintos.

Contemplar la “realidad” desde otras perspectivas nos hace más versátiles, más porosos a la diferencia. Aceptar nuevas formas de pensar y actuar y, sobre todo, a cambiar creencias limitantes que nos estén imposibilitando el cambio.

Una vez tenemos analizada nuestra “situación actual”, el “dónde” estamos, nos toca analizar la “situación deseada”; nuestra “carta de los Reyes Magos”, es decir, dónde nos queremos ver o situar con el paso del tiempo.

Este objetivo debe “smartizarse”, es decir, ser S (específico), M (medible), A (alcanzable), R (realista) y T (acotable en el tiempo).

Visualizar el cambio o estado deseado como algo ya conseguido nos permitirá conectar el deseo con la emocionalidad de haber conseguido ese reto. Ya lo habremos vivido en cierta medida, ahora tan solo nos falta evaluar las opciones y alternativas con las que contamos para ese viaje particular para obtener nuestra mejor versión.

Las opciones y alternativas en ocasiones deberán ser contrastadas, haciendo de “agente de la realidad” para evaluar la factibilidad del proceso. Difícilmente podremos fijarnos un objetivo de correr una maratón en 3 meses sin haber corrido nunca antes o haber realizado un entrenamiento específico y gradual en el tiempo.

¿Cómo os comeríais un “elefante”? La respuesta es obvia, a “trozos” ….

Para ese cambio necesitaremos sacar a relucir capacidades nuestras o bien adquirir nuevas dependiendo de la profundidad y transformación que requiera el proceso.

En cualquier caso, si queremos que sea transformativo ha de convertirse en hábito. De nada sirve hacer un esfuerzo en adoptar nuevas habilidades o recursos si éstos no se mantienen en el tiempo.

Y para que este cambio se produzca ha de instalarse en nosotros. En nuestra emocionalidad, palabra y corporalidad. Sin fisuras, de lo contrario a la mínima dejará de producirse y volveremos a la inercia de lo que nos da tranquilidad … nuestra “zona de confort” en la que nada nuevo se produce. Esa falsa sensación de seguridad, tan solo porque estamos habituados a ello, aunque no produzca ningún beneficio o cambio en nosotros, nos limita e impide crecer y evolucionar hacia otro estado.

Un libro que suelo recomendar en procesos de coaching, por lo simple y potente de su mensaje, es “Quién se ha llevado mi Queso”, de Spencer Johnson. A través de una simple fábula es capaz de trasmitir las opciones que se plantean ante cualquier proceso de cambio.

En la era del conocimiento ya nada es predecible, el trabajo a realizar ocupa más tiempo que el disponible, dónde la flexibilidad y capacidad de adaptación es primordial para asegurar la supervivencia.

Charles Darwin ya indicó que «Las especies que sobreviven no son las más fuertes, ni las más rápidas, ni las más inteligentes; sino aquellas que se adaptan mejor al cambio».

Además de lo anterior, hay que añadir que aquello que no se puede medir “no existe”. Queda totalmente en el “limbo” imposibilitando cualquier proceso de cambio transformativo.

Por último hay que encajar en nuestro particular “puzzle” qué importancia le damos a este cambio o proceso en nuestro momento vital. Para ello hemos de generar la suficiente perspectiva para encajar ese cambio en aquello que queremos consolidar en el futuro.

Cuanto más alineado esté con nuestro proyecto de vida más probabilidad existirá de que se instale en nosotros y convierta en un hábito.

Si no tenemos esa visión sistémica la pieza que tratemos de encajar quizás no se fije en el mosaico de nuestro nuevo futuro. Tendrá fisuras y fácilmente será sustituido por algo más pasajero.

Cuando pregunto a la gente cuál es su propósito o proyecto de vida ….. La mayoría responde “ser feliz”.

La felicidad por sí misma es subjetiva, y depende de cómo ordenemos nuestros juicios o creencias y las proyectemos en el tiempo, asignándoles un determinado valor dependiendo del ciclo vital en el que nos encontremos.

Esa gran pregunta hay que revisarla cada cierto tiempo. Comprobar si sigue siendo válida nuestra “hoja de ruta” antigua hacia esa “felicidad”.

Las circunstancias varían, las decisiones tomadas y las no tomadas nos posicionan en determinados contextos. La buena noticia es que la cabeza es “redonda” para poder cambiar de opinión, de chequear y evaluar la conveniencia del cambio y fijar un nuevo “rumbo”.

Con todo, si queremos cambio y ofrecer nuestra mejor versión lo primero que hay que realizar es ese autodiagnóstico personal. Conocerse realmente, sin filtros, al fin y al cabo, el mayor juez de tu vida eres tú mismo ….

Una vez te conoces “tú” pues buscar el “nosotros”, es decir, nuestra interacción con el mundo exterior. Al hilo de lo expuesto por S. Covey entre la “victoria privada” vs la “victoria pública” de sus famosos “7 hábitos de la gente altamente efectiva”.

No olvidemos el propósito o fin de nuestro proceso de cambio, de esa “mejor versión”. El “para qué”. Esa será la palanca que nos dote de la actitud, con C, necesaria para afrontar ese cambio transformativo.

Durante el proceso de aprendizaje presentaremos dudas, algunas fácilmente chequeables y otras, quizá, más profundas que afecten a nuestras creencias y/o convicciones.

Bandura estableció 4 fases en todo proceso de aprendizaje:

(II) Incompetencia Inconsciente: Es la fase en la que “no sé que no se nada”. Sigo en mi zona de confort y ni siquiera aprecio la posibilidad de cambio.

(IC) Incompetencia Consciente: Aquí ya sabemos lo que NO sabemos …. Empieza el “proceso”.

(CC) Competencia Consciente: Es la fase de aprendizaje puro, dónde incorporamos nuevas habilidades o recursos y desterramos creencias limitantes. Por desgracia es donde aparecen los miedos y principales abandonos en el proceso de cambio.

(CI) Competencia Inconsciente: Es la etapa que culmina cualquier aprendizaje. Lo hacemos ya de manera inconsciente, en piloto automático, forma parte de nosotros y se ha convertido en un hábito que nos permite crecer y salir de nuestra zona de confort.

Un ejemplo bastante visible sería cuando aprendemos un nuevo idioma. En la CI ya hablamos el idioma con soltura y lo hacemos de forma instintiva.

En definitiva, difícilmente podrás ofrecer tu mejor versión o iniciar un proceso de cambio de cierto calado si no te conoces previamente. Las casas se construyen desde los cimientos, para luego crecer en altura. Y esa “casa” debe corresponder con lo que tú pretendes alcanzar en tu vida, tu felicidad, y ésta ha de ser coherente con los valores y creencias que adoptes en el tiempo.

“¿Podría decirme, por favor, qué camino debo tomar? – Dijo Alicia

Eso depende de a dónde quieras ir – Respondió el Gato

Lo cierto es que no me importa demasiado a dónde …. – Dijo Alicia

Entonces tampoco importa demasiado en qué dirección vayas – Contestó el Gato”

Moraleja: Si no te conoces, de poco o nada importará el camino que elijas. Perspectiva, coherencia y, sobre todo, un objetivo que encaje en nuestro proyecto de vida hacia la “felicidad”.

 

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